domingo, 17 de junio de 2018

HOMBRES Y SOMBRAS

Lo que distingue al hombre superior -en sentido de "especie", no de masculinidad- de los demás, no radica en su capacidad de resolver problemas o en su talento para efectuar acciones con mayor destreza. Sino en la aptitud de ver y vivir la vida -en todos los ámbitos- con un sentido perfeccionista y trascendental; una vocación definida hacia la autonomía, la creatividad e iniciativa. "Afín a lo cualitativo, puede distinguir entre lo mejor y lo peor; entre el más y el menos. Integrando a la vez, bien, belleza y verdad. De esta manera, ocupa el espacio del sabio, que la modernidad heredó de la santidad religiosa.
Hoy asistimos a un hecho inexorable y es que el advenimiento progresivo de las democracias, con la falsa premisa "de la igualdad", parece desafiar el orden natural, cuando la observación reflexiva nos permite percibir que la orientación de la historia es opuesta a toda nivelación y desecha la presunción igualitaria.  José Ingenieros, dice que... Las sociedades humanas, para su progreso moral y estructural, necesitan del genio más que del tonto, del talento más que de la mediocridad... Igualar todos los hombres sería negar el progreso de la especie humana.
Cuando impera el clima de mediocridad -todo relativo, sin diferencias entre lo mejor y lo peor-, se perciben aires de incomodidad, inquietud ante la presencia de hombres excelsos, creativos, independientes, dueños de su pensamiento y de su vida.
Podemos razonar entonces, que la razón del retroceso y quietud argentina, más que en la ineptitud y corrupción de los dirigentes, debería buscarse en la capacidad que detentan los grupos de poder para manejar la "psicología de masas" a quienes se les inculcó -a lo largo de 38 años- la idea falaz un pueblo capaz de asumir la soberanía del Estado; cuando la experiencia histórica indica que las masas de pobres e ignorantes jamás tuvieron aptitud para gobernarse.
Los ciudadanos de esta Nación –o lo que queda de ella-, deberíamos contribuir a instaurar una especie de "meritocracia", donde el mérito individual fuese estimado por sobre todas las cosas. Los hombres se esforzarían por ser cada vez mas desiguales entre sí, prefiriendo cualquier originalidad creadora a la más tradicional de las rutinas, sin privilegios de alcurnia, posición económica o clientelismo; "las sombras seguirán los pasos de los hombres".


Nota: Los segmentos resaltados en cursiva, pertenecen a José Ingenieros, escritos en diferentes capítulos de su obra El Hombre mediocre, pensamientos con los que me identifico y sirvieron de base ideológica para la redacción de este artículo.

domingo, 10 de junio de 2018

EL HOMBRE AFORTUNADO... para Literautas.




Llevaba un hacha en la mano mientras caminaba por el bosque. Acababa de realizar  “la hazaña”. Las rescató de la muerte y una de esas personas lo desvelaba. Tuvo suerte de estar cerca del lugar. Salvó esas vidas y a la vez respondió a su corazón, a las vibraciones de su cuerpo. “No solo de pan vive el hombre…” se decía constantemente. Agregando: “ni de hachar arboles tampoco”.

En su anhelo, creyó que se podría ahora acercar a la muchacha, una vez recuperada del shock, por supuesto. La ilusión de compartir su vida con ésta mujer, se haría realidad. Cotidianamente la veía pasar por el sendero, con dos canastos repletos de frutas y ropa, rumbo a la cabaña de su abuela. La viejita estaba anquilosada hacía tiempo por el reumatismo. Su mamá, entonces, la enviaba con viandas y para ayudarla en las tareas,  rogándole que no se detuviera en el bosque a hablar con extraños.
Mirando la muchachita pasar, meneando sus caderas, quedaba fijado con “ciertos pensamientos”. Ahora, después de su acción heroica con el lobo feroz, se convenció que Caperucita lo vería con otros ojos.

Caminaba de regreso a su cabaña, recordando lo ocurrido horas antes. Había salido  a hachar árboles su tarea habitual, para luego fraccionarlos  con destino al aserradero, dos millas río abajo. Después que derribó el primer roble, escucho gritos  provenientes de la cabaña situada como a cien metros de allí. Corrió hacia el lugar. Pero al llegar, todo estaba en silencio. Dio vuelta alrededor de la casa, no encontrando nada fuera de lugar, pensando que había sido su imaginación. A punto ya de regresar, quiso sacarse la duda y se volvió. Subió las escaleras del portal, abrió la puerta  y entro, encontrando todo en silencio. Avanzó hacia el dormitorio, atraído por potentes ronquidos. Encontró la puerta entreabierta; retiró el puñal que llevaba en su cintura y entró sigilosamente. Y contemplo el espectáculo más macabro de su vida: un lobo inmenso dormía a “pata suelta” sobre la cama de dos plazas. Hilos de sangre se le veían en los labios y debajo del hocico. Una caperuza colorada yacía al costado de la cama.
    Después vino lo que el pueblo y el mundo conocieron por las noticias, el informe policial y la literatura:
“… que el lobo engaño a Caperucita…”; “…que el feroz animal, sabiendo que la abuela estaba sola y perdida,  y que la niña se dirigía a su casa, se adelantó, engulléndose a la anciana de un solo bocado…”; “que al llegar la chica a la casa habría corrido el mismo destino…”; “que afortunadamente, el señor Samuel Madero, a la sazón en el lugar, se acercó a la casa. Viendo lo sucedido, con  su puñal abrió el vientre de la bestia rescatando  a las dos mujeres, con rasguños, pero vivas…”.
    Al parecer, el descomunal apetito del animal permitió que las devorara de un bocado a cada una. Esto le produjo gran indigestión, quedándose dormido sobre la cama de la abuela. En esta situación, Samuel aprovecho para llevar adelante el rescate con éxito. El cuerpo del animal fue cargado en un carro, transportado hasta el  rio y arrojado  a su cauce.

Deseaba llegar a su casa pronto. Vestiría la mejor ropa, que no usaba hacía tiempo. Fue invitado a cenar por la mamá de Caperucita en agradecimiento por las vidas de su hija y de su madre. Para él, significaba, quizá, el comienzo de otra vida.
Llamó a la puerta con timidez. Al abrirse la muchacha apareció, más hermosa que una estrella.
—Adelante Samuel dijo Caperucita con sonrisa en los labios cómo si lo conociera de toda la vida.
     El hombre avanzo tímidamente.
—Permiso… pronunció Samuel. Tal vez llegué demasiado temprano… acabó diciendo mientras  miraba el reloj.
—Usted no tiene horario para llegar intervino la madre que regresaba de la cocina con el delantal colgando de su cuello. Esta casa es tan suya como nuestra, y perdone la “facha” prosiguió diciendo con pudor.
—No creo que sea para tanto dijo Samuel respondiendo con cortesía y falsa modestia.
    Pasaron hasta el comedor, donde se hallaba la abuela sentada en una mecedora. La vieja pareció no reparar en la presencia del invitado. El hombre la saludó estrechando una de sus manos con las suyas. Gesto al que la anciana respondió con una sonrisa sin entender de qué se trataba. A Samuel tampoco le importó la enajenación de la anciana. Para él, el centro de la velada era la adolescente que  vestía un trajecito color azul, de pollera a media pierna y chaqueta desprendida, dejando ver una blusa damasco escotada. Esto lo distraía tanto, que le dificultaba concentrarse en cualquier conversación.

Se sentaron alrededor de la mesa, rotando la mecedora con la abuela para que quedara frente a ellos. La madre aceptó el papel de anfitriona dejando que los momentos siguientes fluyeran entre Caperucita y el leñador. Samuel buscaba la mirada de la chica y Caperucita era indulgente con él, cediéndole una sonrisa, que le parecía más de agradecimiento que de coqueteo.
Después de brindar con vino negro, saborearon el pavo más gordo que mamá se había esmerado en asarlo al punto justo. La velada se hacía cada vez más agradable a medida que entre todos derretían el hielo.
Durante el postre, Caperucita dejó de sonreír. Aprovecho el silencio para dar un pequeño golpe de tos, atrayendo la atención de los demás comensales. Ellos levantaron sus cabezas con curiosidad, a la vez que el llamado a la puerta cortó como un machetazo el bienestar alcanzado trabajosamente por Samuel.
─Yo atiendo mamá dijo la adolescente como si hubiese estado esperando este momento.
     Se levanto y dirigió apresuradamente hacia la parte delantera de la casa. La madre miro a Samuel con gesto de incertidumbre. Ideas funestas bullían en la cabeza del leñador cuando escuchaba susurros provenientes del otro sector.
    
En instantes, apareció la muchacha. Un joven, alto, rubio y ojos color azul, dio las buenas noches con seguridad y complacencia. Se acerco a la cabecera, y sin permitir que la madre  se pusiera de pié, besó su mano, expresando su gusto de conocerla. Dio la vuelta alrededor de la mesa y extendió la mano a Samuel.
─Esperaba el momento para contarte dijo Caperucita mirando a su mamá. Él es Román, mamá. Nos conocimos hace dos meses, en el baile de la Cooperadora de bomberos…; Román, el es Samuel, mi salvador.
─Gracias, amigo. Me devolvió lo más sagrado dijo el muchacho estrechando a Samuel en un abrazo.
─ No es nada contestó Samuel mientras respondía al abrazo menos sentido de toda su vida.
   En verdad, era demasiado…  










jueves, 10 de mayo de 2018

FULGOR EN LA OSCURIDAD, para Literautas




Fatigado, quedó detenido al ingreso de la caverna. Desde el fondo le llegó el rugido. Se dio cuenta que la historia del maestro había dejado de ser legendaria.

Takeo se educó desde pequeño en el ancestral templo Kotokuin, bajo la guía del maestro Yasuhiro, de la dinastía Chang. Era voluntad de sus padres, que el mayor de sus hijos creciera en la disciplina ascética.
Para el sabio budista, el ser humano podía lograr la mayor perfección, solo si alcanzaba el dominio de sí mismo, y con esto, un estado de paz interior permanente. Takeo fue el primero de sus discípulos en entender este principio, pero no podía incorporarlo a su existencia. Desde niño, el joven era ocasionalmente presa de un sueño terrorífico: un monstruo lo perseguía asediándole por montes y valles; jamás lo alcanzaba, pero tampoco dejaba de atormentarlo. En la pesadilla, la historia nunca acababa; era un reciclaje permanente del proceso siniestro y desolador.
En su estrategia pedagógica, Yasuhiro narraba la leyenda del dragón Fudo. Habitante del Himalaya, custodiaba en su guarida el arcón milenario “de las emociones”. Así, deseaba transmitirles que solo mediante el coraje y el heroísmo, podrían derribar al “gran mal”, dejando que emergiera el Bien Supremo. Claro que, para Takeo, éste mito se transformo en realidad desde el momento en que advirtió que debía enfrentar a la “bestia” para su liberación definitiva.
Se dirigió al sur, y durante mucho tiempo buscó, a lo largo del gran Himalaya, una señal para llegar a la remota cueva. Caminó en soledad, sorteando ríos, valles y montes nevados; las alturas siderales le hicieron presentir la presencia de Dios, fuere quien fuere; habló con gente de pueblos milenarios. Algunos decían haber escuchado sobre Fudo, pero nadie lo había visto. Era evidente que lo que comenzó siendo leyenda (según él mismo interpretó de su maestro), cada vez más adoptaba forma concreta en la imaginación de los lugareños. El monstruo vivía en el corazón de la montaña. Hacia allí debería dirigir sus pasos.

—La cueva la hallarás detrás del monte Akiyama dijo el anciano mientras ordenaba enceres en el establo; aquel del pico nevado que ves donde se oculta el sol. Deberás llegar hasta allí, y solo. Quienes fueron antes, jamás regresaron. En la aldea se cree que el mismo demonio está encarnado en Fudo. Pensó que pagaba un precio muy alto por su libertad. Tal vez, era razón suficiente para que muchos murieran esclavos.
      Le llevo dos días atravesar el valle y la montaña hasta encontrar la oscura entrada.

    Caminó a tientas por la oscuridad absoluta. Solo la luz de la tea hecha con tela embebida en aceite, interrumpía la penumbra. El miedo atenazaba sus sentidos, pero el pensamiento de los frutos que recogería, lo impulsaba a avanzar. Y el rugido se escuchaba más cerca. Pensaba  que solo contaba con un puñal, regalo de su padre. Palpando la roca fría en derredor, notó la interrupción de la pared, como si el estrecho espacio por el que se desplazaba se ampliara a un abismo infinito y profundo.
Por instantes interrumpió sus pasos, sin decidir qué hacer. Desplazó la débil antorcha hacia adelante, y la tenue claridad se acentuó con lo que él creyó una hoguera, en el otro extremo. Su impresión pronto fue contrariada: el fuego provenía de la garganta del espantoso… ¿animal? La llamarada salía junto a un estrepitoso alarido proveniente del rugoso vientre, invadiendo el tenebroso espacio, tan luctuoso cómo el ser que lo habitaba.
Intentó sorprenderlo por atrás, pero la bestia lo descubrió mostrándole los verdes ojos que resaltaban en la oscuridad. Aprovechando las aptitudes físicas aprendidas, apagó la tea, trepando a una terraza labrada en la roca.  Pensaba que si lograba inutilizar unos de sus ojos, le sería más fácil llegar al corazón. Saltó en la penumbra desde la terraza, aprovechando la claridad dada por el fuego que salía de la boca del dragón; se posicionó en el lomo de la bestia y escaló, aprovechando sus escamas, hasta llegar a la cabeza, mientras el monstruo se zamarreaba para desprendérselo. Levantando el puñal con ambas manos, lo hundió en su ojo izquierdo. Fudo entró en un frenesí de dolor y violencia, arrojando a Takeo por los aires, hasta chocar con las rocas aledañas.

Al regresar de su inconsciencia. El silencio en medio de la fría oscuridad, lo atemorizó dándole una sensación inminente de muerte. No sabía cuánto tiempo transcurrió desde que el dragón lo expulsara por el aire. Solo encontró una llama cerca de donde él estaba y al lado, una sombra que no podía identificar. Se acerco con dudas. El ruido ensordecedor de unos instantes atrás, dio paso a un silencio molesto. Al llegar junto a la pequeña hoguera, comprobó que la sombra siniestra correspondía a un pequeño baúl, de madera gastada y correderas metálicas. Fabrico otra tea. Alzó la tapa del arcón e iluminó en su interior con el corazón a punto de explotar. Pero nada halló. Se preguntó dónde estaría ahora Fudo, a la vez que se sentía revestido de una extraña serenidad, cómo si hubiese  desembarazado de pesada carga. Emprendió el camino de regreso por el túnel oscuro hasta ver una luz que parecía indicar la salida.
Se sorprendió verse recostado en su sencilla cama, en el monasterio. El sol se colaba por la ventana de la celda. Sentado a su lado, el maestro Yasuhiro lo observaba sonriente. Quiso decir algo, pero el sabio lo interrumpió:
—Levántate, sal a la vida. Venciste tus miedos.
     Comprendió que había ganado la batalla por el dominio de sí mismo. El arcón de las emociones fue cerrado y el dragón interior sepultado para siempre.

domingo, 15 de abril de 2018

LA MADRE DE LOS MIEDOS



El ordenador no decía nada. Había investigado largos minutos para darse una idea, pero fue inútil, nada de lo leído encendía su imaginación.
Alcanzó fama con novelas en las que enlazaba historia con erotismo. Una manera de entusiasmar al lector con imágenes de superhéroes especialmente mujeres enredados en la alcoba o fuera de ella, resaltando así la humanidad de estos seres especiales. Su foto en la contraportada de los libros, con una mirada sugestiva de sensualidad, coronaba el éxito del que disfrutaba.
Con el lápiz en la boca, tamborileaba sobre el escritorio, por fuera del teclado, cómo llamando a la inspiración para escribir la primera frase. Sabía que una vez que arrancara, continuaría en forma fluida como quien pasa con el vehículo desde un camino de tierra al asfalto. Sin embargo, el folio de Word en la pantalla no se rellenaba y esto la inquietaba intensamente.
Pensaba que quizá ocupando la mente en otras cosas, su cerebro se refrescaría, permitiendo el reciclaje de nuevas ideas. Otras veces había sucedido, especialmente cuando pasaba momentos de tensión en el seno de su familia o en otras relaciones sociales. Aunque la vida del escritor suele ser bastante solitaria, Florencia veía en el trato con los demás, una manera de liberación, inspiración; cada individuo que conocía, cada momento del día en que cogía contacto con el mundo real fuera de su estudio despertaba en su imaginación diferentes maneras de interpretar  hechos, que luego plasmaba a su manera respetando el escenario histórico que los había traído hasta el papel, o mejor, a su pantalla.
Se levanto para ir al baño. Mientras enjuagaba sus manos, miraba en el espejo la delgada franja de sostén que asomaba por el escote abierto, siempre abierto, cómo le gustaba usar con las camisas. Pensó que debería renovar su lencería. A pesar que sus historias literarias estaban cargadas de voluptuosidad, su vida intima adolecía de pasión y no por falta de ideas precisamente. Al menos en la teoría,  podía ingeniárselas perfectamente para provocar a Julián encendiendo sus inclinaciones lujuriosas, rasantes con la morbosidad.
Sin darse cuenta, entre la redacción y publicación de la última novela, había pasado casi un año complicada con investigaciones históricas, editores, contratos; cosas afines al trabajo pero que habían quitado bastante ilusión al juego amoroso con su marido. Cómo si hubiese robado la lujuria provocada por Julián para volcarlas en sus historias. Creyó que había llegado el momento de emprender el proceso inverso, de restituirlas en su existencia al margen de la ficción. Después de todo, estando ambos cerca de la mediana edad y siendo su esposo un médico, circunspecto en el hospital y  salvaje en la habitación de la planta alta, bien podían ambos retomar las fantasías eróticas que los complementaba.
Regreso al estudio, esta vez con una idea fija, pero no de carácter literario. Se dirigió a la cómoda situada al costado del escritorio. Abrió el segundo cajón donde guardaba las cosas que no empleaba a diario. Descubrió el conjunto de ropa interior negro que Julián le regaló para el anterior aniversario y que solo usó  ─o usaron una sola vez. Esta noche lo sorprendería con las bragas negras y portaligas. Solo restaba pensar en el disfraz de enfermera que encendería los sentidos de Julián. “Chance”, de Chanel, con su frescura de limón y cedro, haría el resto.
Cerrado el pequeño paréntesis, se encontró nuevamente frente a la computadora. Solo que ahora, ilusionarse con la pasión cercana había disparado la inspiración. Se le ocurrió la joven reina de Francia del siglo XVIII:
…16 de octubre de 1793. Desde el café La Régence, vestida en forma grotesca, se la ve desfilar por las calles parisinas, abucheada por la plebe enardecida. Sus labios crispados, denotan la majestad y entereza de la que hasta hace poco, fue la “joya de Francia”…


viernes, 9 de marzo de 2018

¡CREER O REVENTAR!




“No creo en brujas, pero que las hay las hay”. El dicho es más que un adagio para mí. De lo contrario, como explicar lo que me ocurrió aquel año de 1978.
The year of the cat –el año del gato- estaba en boga por entonces. Cómo se ponen de moda vestidos, cortes y peinados, frases… No por buenos; más bien se instalan en la sociedad de la mano de su “pegajosidad” rítmica,  el empuje dado por los medios de comunicación, cultores del consumismo; y por una especie de mística que hace que todos hagan uso del “producto” aunque la mayoría de las veces nadie entienda porqué.
En este caso, observaba girar el “33 simple de vinilo” mientras escuchaba la voz del cantante británico. Encerrado en la cabina, con los auriculares cubriendo mis orejas en forma envolvente, oía la canción pensando en “ella”, sin prestar demasiada atención a lo que ocurría alrededor. Bailé con ella la noche del sábado anterior en el Club de la Sociedad Libanesa, casi hasta el amanecer. Y si… era una época de tonterías, lozanía y ensoñación. Solo en la “edad del pavo” se te puede ocurrir que escuchando la canción que le gustaba, te sentirías cerca de ella. Apenas la conocía, y me dolía el pecho por el “aguijonazo” recibido de aquel ser subyugante, escurridizo, que permaneció conmigo durante toda la velada. ¿Quién era? Se había convertido en una presencia permanente en mi imaginación.

Salí de Music Hall  -disquería popular por entonces-, cuando el sol se ponía despidiendo la tarde. Escapé del colegio un par de horas atrás para venir al centro a “tontear”. Hoy, esto no podría concebirse. Decir ahora que un adolescente podía perderse un par de horas en la disquería escuchando música, pensando en los recursos tecnológicos que disponemos en el presente para esos menesteres; puede resultar tan ridículo como si  me quisieran convencer que la llegada del hombre a la luna solo fue un montaje de cine.
Pero para no alejarme de la historia, diré que al salir de la disquería regrese a casa. Al llegar, llamó mi atención que solo el farol del frente estuviese encendido, permaneciendo oscuro en el interior. A pesar de mi extrañeza, no dejé de experimentar cierto alivio al comprobar que mis viejos aún no estaban, lo que evitaría tener que dar explicaciones. Si ya sé, en 1978 los jóvenes contábamos a nuestros padres lo que hacíamos, con quien salíamos, a qué hora regresábamos… Bueno, era así, o “a morir”. Formaba parte del mandato social, y por sugerencia militar.
No sé por qué, pero en esa oportunidad opté en ingresar a casa por la puerta lateral. Pasando por el lavadero llegaría al pasillo que me conduciría al dormitorio, evitando atravesar el comedor. Este recorrido lo hacía solo cuando los fines de semana llegaba tarde y no deseaba alertar a mis padres. Pero… ¿y ahora por qué? Bueno, quizá costumbre, hábito, rutina, que se yo.
Si bien la oscuridad absoluta me producía –sigue haciéndolo- inquietud, de alguna manera estaba conforme en que las cosas resultaran así: escuché el tema favorito de ella –que ahora me gustaba también a mí-; estaba en casa sin que me fastidiaran con preguntas.
Todo marchaba a “pedir de boca” hasta que escuché el gemido, “a quemarropa”, doliente, que provenía de mis pies, y a la vez la sensación de pisar un grueso “cable” en el piso. Durante una fracción de segundos, la penumbra se hizo más siniestra y la espalda se me erizó. Inmediatamente caí en la cuenta de una existencia que no tuve en cuenta al ingresar a casa. En medio de la oscuridad, orienté mi cabeza hacia donde venía el alarido y quede petrificado al observar los ojos brillantes de Toto. Pronunciar su nombre sin verlo, hizo que lanzara un maullido, dando a entender que me había reconocido. Éramos amigos de nuevo, cómo en las mañanas cuando sube a mi cama para despertarme.
Encendí la luz y estaba allí, a mis pies, echado sobre sus cuartos traseros, mostrando toda la estampa felina, siamesa, con su pelaje gris homogéneo y “corbata blanca”. Me observaba atentamente, mientras su pecho se inflaba y desinflaba al ritmo de su ronroneo asmático. Su mirada me pareció enigmática, cómo pretendiendo comunicarme algo escondido detrás de su perspicacia. Me puse en cuclillas junto a él y acaricié su pelo compacto y suave.
— ¡Toto querido! ¿Qué haces acá? había vuelto su cabeza pero seguro que estaría pensando… “¿y vos?”

A la mañana siguiente desperté, solo por el llamado de mamá. Me extraño que el gato no estuviese a los pies de la cama esperando mis caricias, y mi vieja chillando porque se llena de pelo el cobertor. Minutos después, al bajar a  desayunar con mis hermanos, lo hallé merodeando por el comedor. Al verme se quedó estático frente a mí; lanzó un breve maullido y se alejó raudamente hacia la galería del fondo. Nos miramos sin saber que decir o pensar. Levanté mis hombros en señal de perplejidad, y continué desayunando. Al morder la tostada, la imagen del siamés me evocó la canción de la tarde anterior.

Más tarde, ya en la escuela, pedí a mi profe de inglés que escuchara la canción de Stewart y qué sin que lo tomara como abuso de confianza, la tradujera. Me contestó que lo haría, no sin antes dejarme la chicana sobre “lo satisfecha que se sentiría si la traducción la hiciera yo”. Pensé que debería tomar más en serio esa materia; igual no me di por aludido. Al día siguiente tenía la traducción en mis manos; la doblé, guardé entre las hojas del libro y miré a la profesora, quien, a hurtadillas, me tiró “un guiño” de complicidad.

Transcurrieron días sin saber nada de ella digo, de mi amor furtivo. Fui a buscarla. Esa tarde, parado en la vereda contemplando el frente de su residencia, antes de tocar el timbre, percibí la angustia del despojo, la desolación misma. Luego, nadie atendió. Insistí con mi dedo apretando el llamador… inútilmente, como lo esperaba. Llamé en la casa contigua preguntando por la familia Jerónimo. La vecina dijo que se habían mudado la semana pasada. Al parecer, su padre militar fue trasladado al interior….
Con paso cansino, marche sin rumbo. Inconscientemente me detuve en la parada del bus. Una nostalgia inespecífica invadía mi alma sin que pudiese hallar en aquel momento una causa que la justificase. Cómo lamentando haber perdido un bien que aún no era mío. Me preguntaba qué pensaría ella de aquella “huida”. ¿Si lo sabía y quiso jugar a la seducción encontrando en mí al soñador ideal?
Introduje mis manos en los bolsillos de la campera, pero no por el frío; septiembre es un mes de tardes templadas y aroma de jacarandá en el valle del Tulúm; pero aquella manos en los bolsillos es una posición que se adopta cuando no hay nada por hacer.
Sentí en mis dedos la suavidad del papel con la letra de la canción. Lo desplegué para releerla por…, no recuerdo qué cantidad de veces. Lo mismo haría cuando me encontrara con ella. Pero… Mis ojos se desplazaban renglón tras renglón y mi mirada se detuvo en el último párrafo: “… por ahora te tendrás que quedar en el año del gato”.
Otra vez mis recuerdos volaron a la tarde en la disquería; al encuentro con mi gato en la oscuridad de mi casa. Y asocié, que en aquellos mismos instantes, quizá ella… partía, lloraba. Que se yo. Tal vez solo era mi imaginación poética. ¡Creer o…..!
      
Hay quienes consideran a los gatos seres “psíquicos” por naturaleza, capaces de desarrollar grandes lazos mentales con sus propietarios, al punto de poder predecir acontecimientos funestos para sus amos. Desde aquel día, me pregunté si Toto solo era un felino.
Estuvo con nosotros hasta su muerte, acaecida bajo los neumáticos de una motocicleta. Al levantarlo en mis brazos aquella mañana de domingo, después del accidente, contemplé cómo fluía su séptima vida. Más allá de la pena, experimenté una duda que permanece hasta hoy─. Después de su partida, ¿se habría convertido en humano, tal vez en “mujer”? Igualmente, nunca más supe de Susana.

miércoles, 7 de marzo de 2018

CELLULAM HOMINUM

   Según la teoría de la evolución de las especies, pareciera que el ser humano alcanzó el más elevado desarrollo con el "homo sapiens". Bueno, al menos fue así hasta principios del siglo XXI, cuando surgió la telefonía móvil. Se produjo entonces tal revolución social -junto con Internet- en las comunicaciones, que hoy podemos afirmar que la antigua manera en que nos relacionábamos, giró diametralmente hacia otra, digamos más bien total, permanente, casi "adictiva", aunque en la práctica estemos "incomunicados"; más contactados, pero menos comunicados. Digo adictiva, porque es fácil ver a los marmots mobile -marmotas del móvil- que no pueden desprenderse del mismo, al punto que se los encuentra mirando las pantallas de su "embrujado aparatito" aún sin estar hablando, enviando mensajes, wasap o sacando fotos; como si la certeza de contar con el "dios comunicador" todo el tiempo les otorgara una tranquilidad similar al del fumador empedernido que al salir de su casa, a los pocos minutos se palpa de bolsillos en busca de la etiqueta de cigarrillos. Permanente, porque la mencionada escena se ve cotidianamente durante toda la vigilia, o sea, el tiempo durante el cual el individuo no está durmiendo, es decir, está "vigilante"; vigilante del celular. Por último, al parecer el hábito nefasto parece responder a la necesidad -inconsciente, casi morbosa- de conocer "todo" lo relativo a mi prójimo -el próximo y el lejano- y dando a conocer a su interlocutor -hoy, compañero de grupo-, todo lo que ocurre en su vida, minuto a minuto.
Resultado de imagen para personas con celulares  Experimento inocultable desdén hacia los teléfonos celulares, sus creadores, difusores y, en menor medida -aunque no exentos de repudio-, también a los usuarios, sean éstos mi madre, hermanos, amigos, hijos, esposa, y "otros", entre los que me incluyo. No soy un misántropo que odia la humanidad, tampoco estoy contra la tecnología, sus avances, y los beneficios que aporta al público en cuanto a la salud, arte, información, educación, confort, comodidad y una larga lista de etcéteras.
   Solo soy enemigo confeso contra todo lo que atente contra el crecimiento, desarrollo y superación integral del ser humano. Contrario soy a los jóvenes y adolescentes que no se despegan de sus móviles, cuando siquiera saben hablar, leer y escribir correctamente; a los adultos que, cuando conversan con otras personas o se hallan sentados a la mesa de una confitería o restaurante, interrumpen constantemente los diálogos para leer, escuchar o responder mensajes o atender llamadas. O directamente se ausentan del momento socializador que significa el contacto y la comunicación personal, cara a cara, compartiendo e intercambiando opiniones, ideas, romances, palabras. Que ridículo me resulta ver gente mayor, permanentemente "ocupada" con sus teléfonos móviles, recibiendo y enviando "msj" cómo si tuvieran en sus manos la solución para los problemas del mundo. "Pendeviejos", pazguatos que con suerte saben hacer la letra "o" con el ano apoyado en la arena -ni pensar en que la escriban-; muchos no saben hablar, expresarse, ignoran el concepto de respeto -que trataré en otra entrada-, ni que decir de comprender textos o albergar algún vestigio de pensamiento crítico. 
   Esos "ingenuos felices", andan por la vida sembrando tonterías e intercambiando con sus pares -oligo sinápticos(1) también- ideas superfluas, situaciones vacías, sin más preocupaciones que el fulbo y el asado, y si son jóvenes, también las putas-; o más  aspiraciones que salir de vacaciones, ver el mundial de fútbol o cobrar el salario para hacer ostentación de su grotesco y vulgar consumismo -consumptionis hominem-.
   Lo más lamentable de esta realidad, no es mi bronca, -que puede confinarse a una persona sin efectos colaterales mayores sobre el resto-; es darse cuenta de la decadencia social, cultural, intelectual y moral a la que lentamente fuimos conducidos por poderes desconocidos. Ellos, tienen objetivos claros y precisos de mantenernos subdesarrollados, sumergidos para siempre. Digo decadencia "moral", porque es imperceptible el límite entre el bien y el mal cuando no tenemos capacidad para diferenciar entre lo mejor y lo peor, de rechazar lo ordinario sin concebir lo sublime. Desaparecida la idea de "bien común", se eleva el ansia individual de satisfacción a cualquier costo.
   A éste poder, sirven por igual oligarcas y plebeyos, distraídos tras los electrodomésticos, mágicos para el pardaje, igual que para los indígenas del siglo XV, los "espejitos de colores".

(1) Oligo= poco; sináptico= de sinapsis: lugar por donde el impulso nervioso pasa de una neurona a otra, permitiendo así la formación de pensamientos, la realización de movimientos, percepción de estímulos, etc.




















sábado, 30 de diciembre de 2017

HISTRIONISMO Y SOCIEDAD DEL ESPECTÁCULO

La psiquiatría dice que el histrionismo es un trastorno de la personalidad caracterizado por una excesiva búsqueda de atención y necesidad de aprobación. Los individuos que lo padecen (mayormente mujeres), se muestran muy animados, vivaces y dramáticos. Esto, hoy parece haberse convertido en una actitud convencional generalizada. Con el interrogante que si la misma es producto de una sociedad que abandonó la búsqueda de valores superiores, o simplemente, de la sumatoria de deficiencias neuroquímicas individualesEs constante ver como todos hacen circo de todo. Nada puede promocionarse, darse a conocer de una manera discreta, sobria, sin que medie la intervención de los medios en forma pomposa, exultante y carnavalesca. 
Por otro lado pareciera que no existe acontecimiento deportivo, cultural, social- y festividad -Navidad, día Patrio o conmemorativo- "de guardar" sin que -otra vez los multimedios- pretendan hacernos partícipes de los mismos de manera compulsiva, invadiendo nuestros oídos, ojos y sensibilidad con la televisión, Internet, radio. No menciono la lectura, porque ello es privativo de un esfuerzo consciente que exige disposición espiritual y cognoscitiva que muy pocos poseen, redundando en beneficio de aquellos que -justamente- pretenden transformar a la sociedad en un "espectáculo" continuo. Claro, más se festeja, más se gasta y más se consume. Y de paso se le da de comer a millones de periodistas, reporteros, noteros, que si informaran lo que se debe y como se debe, no podrían ganarse la vida. Más que un país generoso, es un mundo generoso, porque el fenómeno parece extenderse de manera global. 
¿Y el resto de la gente qué? El público es partícipe de la parodia, alimentando este afán de transformarnos a todos en obedientes consumidores incapaces de discernir entre la alegría respetuosa y sana, de la zoncera grotesca e irracional.
Prever el destino final de esta sociedad circense carnavalesca, es difícil. Pues parece que las generaciones presentes tienen naturalizado al "show" dentro de sus vacuas existencias y muchos estarían dispuestos a "ofrecer sus vidas en holocausto" -de ser necesario- ante el altar del espectáculo