lunes, 17 de septiembre de 2018

EL BANCO: enemigo público

Hallándome en la fila para ser atendido, contemplé una institución creada hace siglos, tecnificada progresivamente para el robo y la usura. Encontré a cientos de personas, unas organizadas jerárquicamente como empleados; otras consumidoras obligadas. Todos, empleados y clientes, desfilando por sus claustros, de 8 a 13 y de lunes a viernes, oficiando de cómplices -por conveniencia, ingenuidad, indolencia, o todos juntos-, responsables en conjunto para sostener la artillería pesada del poder mundial: el sistema financiero internacional.
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Nada me genera tanta irritabilidad que verme "obligado" a concurrir a este centro, depredador de mentes y bolsillos inocentes, por algún trámite financiero o administrativo. Al igual que el embudo, todos debemos pasar por allí, unos conscientes y otros no tanto, para rendir pleitesía al imperialismo dinerario. Nadie escapa al "triángulo de las Bermudas", que hoy te absorbe más aún mediante la bancarización de haberes, que te obliga a abrir una cuenta para cobrar el salario. Sin hablar de los servicios que te enchufan sutilmente mezclados en los paquetes de tarjetas de créditos, o con sutiles y fastidiosos llamados telefónicos realizados por el "esclavo" del call center. La treta, es el insignificante costo del producto ofrecido, en proporción al beneficio de poseer un seguro contra robos a la salida del banco, o la cobertura contra daños ocasionados durante los atracos (?). Sin que nos demos cuenta quienes son los verdaderos beneficiarios de la transacción, recaudando pingües ganancias extrayendo unos pocos pesos a cada uno de los miles de clientes cautivos.
Y parece imposible escapar de la telaraña. A menos por supuesto, que el pardaje despierte de la embriaguez consumista ocasionada por el dulce y engañoso licor del sacro santo mercado.

miércoles, 22 de agosto de 2018

¡DALE NOMÁS, DALE QUE VAS!

Lo grave de la situación de Argentina -similar a la de otros países subdesarrollados-, no es la corrupción en la dirigencia, que de un lado y de otro siempre tienen sólidos y válidos pretextos para su defensa y justificación; sino en la indiferencia y complicidad social que la posibilita y sostiene.



Es tal la hipocresía e ignorancia de la gente común, que al ser integrante "del montón" no parece reparar en que el fondo de la crisis no se halla en la persona o personas responsables del desastre, sino más bien en el sistema político ideológico -responsabilidad de personas también-, pergeñado hace mucho en las altas esferas del poder mundial -invisible para el ciudadano común- e instalado como modismo cultural en los pueblos por medio de una estrategia de psicología social, en la que los medios  de comunicación, oficialistas o no -hegemónicos al fin-, son la herramienta principal. 

Denuncias de coimas y coimeros -ahora arrepentidos- por un lado, lavado de dinero en paraísos fiscales, suba de divisas y nepotismo por otro. Ejércitos de reporteros y pseudo periodistas estrellas producen un espectáculo de todo lo que no debería ser más que información pública objetiva, y a la vez encubren la entrega de la soberanía a potencias extranjeras, el endeudamiento externo -y eterno- y en definitiva, el desmantelamiento sistemático del Estado Nación Argentino. Nadie advierte -o si lo ven no les importa- que a pesar de los discursos y promesas hechos por una u otra facción política, permanecen los mismos problemas estructurales de siempre y que nadie soluciona -ni siquiera mejoran- como la inseguridad, incultura, pobreza y, lo más siniestro, la desesperanza, instalada en el país como parte de la idiosincrasia argentina.
Sin embargo, la masa apática y voluble se prende a la jarana mientras le roban el trabajo, la seguridad, la educación, la salud, en resumen, lo más preciado para la comunidad organizada, el Estado Republicano. Estructura capaz de salvaguardar la igualdad de derechos -como minoría- y la defensa ante el abuso de poder. Quizá por ello es que desde hace décadas, los ciudadanos tenemos la sensación de su ausencia.
Alguien dijo que el destino de la colonia depende más de los colonizados que de los colonizadores. Es la verdad, por antonomasia

domingo, 19 de agosto de 2018

EL VALOR DE UN PUEBLO

Decía Perón en un relato autobiográfico, grabado durante su exilio en Madrid y publicado después de su muerte, que nuestro pueblo, que había recibido enormes ventajas y reivindicaciones contra la explotación de la que había sido víctima durante más de un siglo, debía haber tenido un mayor entusiasmo por defender lo que se le había dado. Pero no lo defendió porque todos eran “pancistas”, como decimos nosotros. ¡Pensaban con la panza y no con la cabeza y el corazón! Al referirse a la Revolución Libertadora, decía, ¿Iba yo a hacer matar a miles de hombres para defender una cosa que ni esos miles de hombres estaban decididos a defender? Y más adelante agregaba: Entonces llegué a la conclusión de que el pueblo argentino merecía un castigo terrible por lo que había hecho. Ahí lo tiene. Ahí está ahora hambriento, desesperado. Es la suerte que merece.
Cabe ahora preguntarse cincuenta años después de aquel relato de Juan D. Perón, y sin entrar en disquisiciones ideológicas, cuanto de verdad y de mentira tenían las apreciaciones del General cuando se refería a los argentinos como “pancistas”, en el contexto de que lo único que preocupa al argentino medio es tener los apetitos inmediatos satisfechos, más allá de quién se los satisfaga y a que costo. Y todo en la más estricta individualidad, sin la mínima vocación al bien común.
Quizá este pensamiento pueda parecer un tanto desconsiderado con la sociedad en la que vivo, expresando desdén hacia nuestra gente. Pero nada más que observar los “día a día”, pequeñas actitudes de la gente común, para comprender el significado de la carencia de solidaridad y apetencias hacia objetivos comunes; un lánguido sentido de solidaridad y  vocación al esfuerzo para el logro de destinos superiores. 
El sentimiento y centro de la atención públicas, se dirigen  a lo superficial, rastrero, vulgar, y por supuesto, material.En la ciudad de Río Gallegos, desde las compulsas de los dirigentes gremiales con el gobierno para ver quién saca dos mangos más o menos todo para sus respectivos trabajadores hasta los mismos trabajadores, divididos sectorialmente, cada uno luchando por su lado, apelando a medidas que dejan afuera con total indiferencia a los demás sectores de la sociedad, vulnerando de una manera mafiosa los derechos de otros ciudadanos. Cómo si los derechos que dicen defender unos, tuviesen prevalencia sobre los de los demás compatriotas. 
El saneamiento urbano deteriorado, debido a la falta de mantenimiento de la red cloacal y las reiteradas medidas de fuerza de los agentes municipales; hace que la ciudad se vaya convirtiendo sin prisa pero sin pausa en un hervidero de residuos flotando a la deriva sobre las aguas servidas provenientes de las bocas de tormenta colapsadas y que inundan diferentes esquinas de la ciudad. Los baches instalados en casi todas las arterias, hacen de Río Gallegos otrora ejemplo patagónico de orden urbanístico un paisaje que pronto nada deberá envidiar al de la superficie lunar.
De más está decir respecto a los servicios educativos en enseñanza inicial y media, con menos de treinta días corridos de clase en el año; ni de la atención de salud, con un hospital desmantelado, colapsado y decapitado, más un sector privado ineficiente como siempre, con reticencias a la prestación de servicios debido a la deuda draconiana de la obra social provincial, el Pami y algunas pre pagas también.
Mientras tanto, la sociedad civil, las fuerzas vivas de la sociedad y el gobierno, silencio de radio. Jamás una actitud viril, enérgica, violenta si se quiere, para restablecer el orden republicano que no solo no debería haberse dejado robar; también tenemos la obligación ciudadana, patriótica y moral de recuperar, cueste lo que cueste. Así es un pueblo merecedor. Aquel que no espera cómodamente la llegada de salvadores mesiánicos que por otro lado en la Argentina son una especie extinguida, sino que se dispone a asumir el compromiso de su propia grandeza haciéndose cargo de sus necesidades y actitudes. Que no se pasa la historia revolviendo mierda, buscando culpables ni entregando la soberanía al mejor postor.
Si, pienso que Perón tenía razón cuando decía del pueblo, que… eran una partida de cobardes que no quisieron pelear ni de un lado ni del otro, salvo algunos ingenuos que perdieron la vida. ¡Los pueblos tienen la suerte que se merece [1].
[1] Torcuato Luca de Tena, Luis Calvo y Estaban Peicovich [Perón, 1976]



domingo, 17 de junio de 2018

HOMBRES Y SOMBRAS

Lo que distingue al hombre superior -en sentido de "especie", no de masculinidad- de los demás, no radica en su capacidad de resolver problemas o en su talento para efectuar acciones con mayor destreza. Sino en la aptitud de ver y vivir la vida -en todos los ámbitos- con un sentido perfeccionista y trascendental; una vocación definida hacia la autonomía, la creatividad e iniciativa. "Afín a lo cualitativo, puede distinguir entre lo mejor y lo peor; entre el más y el menos. Integrando a la vez, bien, belleza y verdad. De esta manera, ocupa el espacio del sabio, que la modernidad heredó de la santidad religiosa.
Hoy asistimos a un hecho inexorable y es que el advenimiento progresivo de las democracias, con la falsa premisa "de la igualdad", parece desafiar el orden natural, cuando la observación reflexiva nos permite percibir que la orientación de la historia es opuesta a toda nivelación y desecha la presunción igualitaria.  José Ingenieros, dice que... Las sociedades humanas, para su progreso moral y estructural, necesitan del genio más que del tonto, del talento más que de la mediocridad... Igualar todos los hombres sería negar el progreso de la especie humana.
Cuando impera el clima de mediocridad -todo relativo, sin diferencias entre lo mejor y lo peor-, se perciben aires de incomodidad, inquietud ante la presencia de hombres excelsos, creativos, independientes, dueños de su pensamiento y de su vida.
Podemos razonar entonces, que la razón del retroceso y quietud argentina, más que en la ineptitud y corrupción de los dirigentes, debería buscarse en la capacidad que detentan los grupos de poder para manejar la "psicología de masas" a quienes se les inculcó -a lo largo de 38 años- la idea falaz un pueblo capaz de asumir la soberanía del Estado; cuando la experiencia histórica indica que las masas de pobres e ignorantes jamás tuvieron aptitud para gobernarse.
Los ciudadanos de esta Nación –o lo que queda de ella-, deberíamos contribuir a instaurar una especie de "meritocracia", donde el mérito individual fuese estimado por sobre todas las cosas. Los hombres se esforzarían por ser cada vez mas desiguales entre sí, prefiriendo cualquier originalidad creadora a la más tradicional de las rutinas, sin privilegios de alcurnia, posición económica o clientelismo; "las sombras seguirán los pasos de los hombres".


Nota: Los segmentos resaltados en cursiva, pertenecen a José Ingenieros, escritos en diferentes capítulos de su obra El Hombre mediocre, pensamientos con los que me identifico y sirvieron de base ideológica para la redacción de este artículo.

domingo, 10 de junio de 2018

EL HOMBRE AFORTUNADO... para Literautas.




Llevaba un hacha en la mano mientras caminaba por el bosque. Acababa de realizar  “la hazaña”. Las rescató de la muerte y una de esas personas lo desvelaba. Tuvo suerte de estar cerca del lugar. Salvó esas vidas y a la vez respondió a su corazón, a las vibraciones de su cuerpo. “No solo de pan vive el hombre…” se decía constantemente. Agregando: “ni de hachar arboles tampoco”.

En su anhelo, creyó que se podría ahora acercar a la muchacha, una vez recuperada del shock, por supuesto. La ilusión de compartir su vida con ésta mujer, se haría realidad. Cotidianamente la veía pasar por el sendero, con dos canastos repletos de frutas y ropa, rumbo a la cabaña de su abuela. La viejita estaba anquilosada hacía tiempo por el reumatismo. Su mamá, entonces, la enviaba con viandas y para ayudarla en las tareas,  rogándole que no se detuviera en el bosque a hablar con extraños.
Mirando la muchachita pasar, meneando sus caderas, quedaba fijado con “ciertos pensamientos”. Ahora, después de su acción heroica con el lobo feroz, se convenció que Caperucita lo vería con otros ojos.

Caminaba de regreso a su cabaña, recordando lo ocurrido horas antes. Había salido  a hachar árboles su tarea habitual, para luego fraccionarlos  con destino al aserradero, dos millas río abajo. Después que derribó el primer roble, escucho gritos  provenientes de la cabaña situada como a cien metros de allí. Corrió hacia el lugar. Pero al llegar, todo estaba en silencio. Dio vuelta alrededor de la casa, no encontrando nada fuera de lugar, pensando que había sido su imaginación. A punto ya de regresar, quiso sacarse la duda y se volvió. Subió las escaleras del portal, abrió la puerta  y entro, encontrando todo en silencio. Avanzó hacia el dormitorio, atraído por potentes ronquidos. Encontró la puerta entreabierta; retiró el puñal que llevaba en su cintura y entró sigilosamente. Y contemplo el espectáculo más macabro de su vida: un lobo inmenso dormía a “pata suelta” sobre la cama de dos plazas. Hilos de sangre se le veían en los labios y debajo del hocico. Una caperuza colorada yacía al costado de la cama.
    Después vino lo que el pueblo y el mundo conocieron por las noticias, el informe policial y la literatura:
“… que el lobo engaño a Caperucita…”; “…que el feroz animal, sabiendo que la abuela estaba sola y perdida,  y que la niña se dirigía a su casa, se adelantó, engulléndose a la anciana de un solo bocado…”; “que al llegar la chica a la casa habría corrido el mismo destino…”; “que afortunadamente, el señor Samuel Madero, a la sazón en el lugar, se acercó a la casa. Viendo lo sucedido, con  su puñal abrió el vientre de la bestia rescatando  a las dos mujeres, con rasguños, pero vivas…”.
    Al parecer, el descomunal apetito del animal permitió que las devorara de un bocado a cada una. Esto le produjo gran indigestión, quedándose dormido sobre la cama de la abuela. En esta situación, Samuel aprovecho para llevar adelante el rescate con éxito. El cuerpo del animal fue cargado en un carro, transportado hasta el  rio y arrojado  a su cauce.

Deseaba llegar a su casa pronto. Vestiría la mejor ropa, que no usaba hacía tiempo. Fue invitado a cenar por la mamá de Caperucita en agradecimiento por las vidas de su hija y de su madre. Para él, significaba, quizá, el comienzo de otra vida.
Llamó a la puerta con timidez. Al abrirse la muchacha apareció, más hermosa que una estrella.
—Adelante Samuel dijo Caperucita con sonrisa en los labios cómo si lo conociera de toda la vida.
     El hombre avanzo tímidamente.
—Permiso… pronunció Samuel. Tal vez llegué demasiado temprano… acabó diciendo mientras  miraba el reloj.
—Usted no tiene horario para llegar intervino la madre que regresaba de la cocina con el delantal colgando de su cuello. Esta casa es tan suya como nuestra, y perdone la “facha” prosiguió diciendo con pudor.
—No creo que sea para tanto dijo Samuel respondiendo con cortesía y falsa modestia.
    Pasaron hasta el comedor, donde se hallaba la abuela sentada en una mecedora. La vieja pareció no reparar en la presencia del invitado. El hombre la saludó estrechando una de sus manos con las suyas. Gesto al que la anciana respondió con una sonrisa sin entender de qué se trataba. A Samuel tampoco le importó la enajenación de la anciana. Para él, el centro de la velada era la adolescente que  vestía un trajecito color azul, de pollera a media pierna y chaqueta desprendida, dejando ver una blusa damasco escotada. Esto lo distraía tanto, que le dificultaba concentrarse en cualquier conversación.

Se sentaron alrededor de la mesa, rotando la mecedora con la abuela para que quedara frente a ellos. La madre aceptó el papel de anfitriona dejando que los momentos siguientes fluyeran entre Caperucita y el leñador. Samuel buscaba la mirada de la chica y Caperucita era indulgente con él, cediéndole una sonrisa, que le parecía más de agradecimiento que de coqueteo.
Después de brindar con vino negro, saborearon el pavo más gordo que mamá se había esmerado en asarlo al punto justo. La velada se hacía cada vez más agradable a medida que entre todos derretían el hielo.
Durante el postre, Caperucita dejó de sonreír. Aprovecho el silencio para dar un pequeño golpe de tos, atrayendo la atención de los demás comensales. Ellos levantaron sus cabezas con curiosidad, a la vez que el llamado a la puerta cortó como un machetazo el bienestar alcanzado trabajosamente por Samuel.
─Yo atiendo mamá dijo la adolescente como si hubiese estado esperando este momento.
     Se levanto y dirigió apresuradamente hacia la parte delantera de la casa. La madre miro a Samuel con gesto de incertidumbre. Ideas funestas bullían en la cabeza del leñador cuando escuchaba susurros provenientes del otro sector.
    
En instantes, apareció la muchacha. Un joven, alto, rubio y ojos color azul, dio las buenas noches con seguridad y complacencia. Se acerco a la cabecera, y sin permitir que la madre  se pusiera de pié, besó su mano, expresando su gusto de conocerla. Dio la vuelta alrededor de la mesa y extendió la mano a Samuel.
─Esperaba el momento para contarte dijo Caperucita mirando a su mamá. Él es Román, mamá. Nos conocimos hace dos meses, en el baile de la Cooperadora de bomberos…; Román, el es Samuel, mi salvador.
─Gracias, amigo. Me devolvió lo más sagrado dijo el muchacho estrechando a Samuel en un abrazo.
─ No es nada contestó Samuel mientras respondía al abrazo menos sentido de toda su vida.
   En verdad, era demasiado…  










jueves, 10 de mayo de 2018

FULGOR EN LA OSCURIDAD, para Literautas




Fatigado, quedó detenido al ingreso de la caverna. Desde el fondo le llegó el rugido. Se dio cuenta que la historia del maestro había dejado de ser legendaria.

Takeo se educó desde pequeño en el ancestral templo Kotokuin, bajo la guía del maestro Yasuhiro, de la dinastía Chang. Era voluntad de sus padres, que el mayor de sus hijos creciera en la disciplina ascética.
Para el sabio budista, el ser humano podía lograr la mayor perfección, solo si alcanzaba el dominio de sí mismo, y con esto, un estado de paz interior permanente. Takeo fue el primero de sus discípulos en entender este principio, pero no podía incorporarlo a su existencia. Desde niño, el joven era ocasionalmente presa de un sueño terrorífico: un monstruo lo perseguía asediándole por montes y valles; jamás lo alcanzaba, pero tampoco dejaba de atormentarlo. En la pesadilla, la historia nunca acababa; era un reciclaje permanente del proceso siniestro y desolador.
En su estrategia pedagógica, Yasuhiro narraba la leyenda del dragón Fudo. Habitante del Himalaya, custodiaba en su guarida el arcón milenario “de las emociones”. Así, deseaba transmitirles que solo mediante el coraje y el heroísmo, podrían derribar al “gran mal”, dejando que emergiera el Bien Supremo. Claro que, para Takeo, éste mito se transformo en realidad desde el momento en que advirtió que debía enfrentar a la “bestia” para su liberación definitiva.
Se dirigió al sur, y durante mucho tiempo buscó, a lo largo del gran Himalaya, una señal para llegar a la remota cueva. Caminó en soledad, sorteando ríos, valles y montes nevados; las alturas siderales le hicieron presentir la presencia de Dios, fuere quien fuere; habló con gente de pueblos milenarios. Algunos decían haber escuchado sobre Fudo, pero nadie lo había visto. Era evidente que lo que comenzó siendo leyenda (según él mismo interpretó de su maestro), cada vez más adoptaba forma concreta en la imaginación de los lugareños. El monstruo vivía en el corazón de la montaña. Hacia allí debería dirigir sus pasos.

—La cueva la hallarás detrás del monte Akiyama dijo el anciano mientras ordenaba enceres en el establo; aquel del pico nevado que ves donde se oculta el sol. Deberás llegar hasta allí, y solo. Quienes fueron antes, jamás regresaron. En la aldea se cree que el mismo demonio está encarnado en Fudo. Pensó que pagaba un precio muy alto por su libertad. Tal vez, era razón suficiente para que muchos murieran esclavos.
      Le llevo dos días atravesar el valle y la montaña hasta encontrar la oscura entrada.

    Caminó a tientas por la oscuridad absoluta. Solo la luz de la tea hecha con tela embebida en aceite, interrumpía la penumbra. El miedo atenazaba sus sentidos, pero el pensamiento de los frutos que recogería, lo impulsaba a avanzar. Y el rugido se escuchaba más cerca. Pensaba  que solo contaba con un puñal, regalo de su padre. Palpando la roca fría en derredor, notó la interrupción de la pared, como si el estrecho espacio por el que se desplazaba se ampliara a un abismo infinito y profundo.
Por instantes interrumpió sus pasos, sin decidir qué hacer. Desplazó la débil antorcha hacia adelante, y la tenue claridad se acentuó con lo que él creyó una hoguera, en el otro extremo. Su impresión pronto fue contrariada: el fuego provenía de la garganta del espantoso… ¿animal? La llamarada salía junto a un estrepitoso alarido proveniente del rugoso vientre, invadiendo el tenebroso espacio, tan luctuoso cómo el ser que lo habitaba.
Intentó sorprenderlo por atrás, pero la bestia lo descubrió mostrándole los verdes ojos que resaltaban en la oscuridad. Aprovechando las aptitudes físicas aprendidas, apagó la tea, trepando a una terraza labrada en la roca.  Pensaba que si lograba inutilizar unos de sus ojos, le sería más fácil llegar al corazón. Saltó en la penumbra desde la terraza, aprovechando la claridad dada por el fuego que salía de la boca del dragón; se posicionó en el lomo de la bestia y escaló, aprovechando sus escamas, hasta llegar a la cabeza, mientras el monstruo se zamarreaba para desprendérselo. Levantando el puñal con ambas manos, lo hundió en su ojo izquierdo. Fudo entró en un frenesí de dolor y violencia, arrojando a Takeo por los aires, hasta chocar con las rocas aledañas.

Al regresar de su inconsciencia. El silencio en medio de la fría oscuridad, lo atemorizó dándole una sensación inminente de muerte. No sabía cuánto tiempo transcurrió desde que el dragón lo expulsara por el aire. Solo encontró una llama cerca de donde él estaba y al lado, una sombra que no podía identificar. Se acerco con dudas. El ruido ensordecedor de unos instantes atrás, dio paso a un silencio molesto. Al llegar junto a la pequeña hoguera, comprobó que la sombra siniestra correspondía a un pequeño baúl, de madera gastada y correderas metálicas. Fabrico otra tea. Alzó la tapa del arcón e iluminó en su interior con el corazón a punto de explotar. Pero nada halló. Se preguntó dónde estaría ahora Fudo, a la vez que se sentía revestido de una extraña serenidad, cómo si hubiese  desembarazado de pesada carga. Emprendió el camino de regreso por el túnel oscuro hasta ver una luz que parecía indicar la salida.
Se sorprendió verse recostado en su sencilla cama, en el monasterio. El sol se colaba por la ventana de la celda. Sentado a su lado, el maestro Yasuhiro lo observaba sonriente. Quiso decir algo, pero el sabio lo interrumpió:
—Levántate, sal a la vida. Venciste tus miedos.
     Comprendió que había ganado la batalla por el dominio de sí mismo. El arcón de las emociones fue cerrado y el dragón interior sepultado para siempre.

domingo, 15 de abril de 2018

LA MADRE DE LOS MIEDOS



El ordenador no decía nada. Había investigado largos minutos para darse una idea, pero fue inútil, nada de lo leído encendía su imaginación.
Alcanzó fama con novelas en las que enlazaba historia con erotismo. Una manera de entusiasmar al lector con imágenes de superhéroes especialmente mujeres enredados en la alcoba o fuera de ella, resaltando así la humanidad de estos seres especiales. Su foto en la contraportada de los libros, con una mirada sugestiva de sensualidad, coronaba el éxito del que disfrutaba.
Con el lápiz en la boca, tamborileaba sobre el escritorio, por fuera del teclado, cómo llamando a la inspiración para escribir la primera frase. Sabía que una vez que arrancara, continuaría en forma fluida como quien pasa con el vehículo desde un camino de tierra al asfalto. Sin embargo, el folio de Word en la pantalla no se rellenaba y esto la inquietaba intensamente.
Pensaba que quizá ocupando la mente en otras cosas, su cerebro se refrescaría, permitiendo el reciclaje de nuevas ideas. Otras veces había sucedido, especialmente cuando pasaba momentos de tensión en el seno de su familia o en otras relaciones sociales. Aunque la vida del escritor suele ser bastante solitaria, Florencia veía en el trato con los demás, una manera de liberación, inspiración; cada individuo que conocía, cada momento del día en que cogía contacto con el mundo real fuera de su estudio despertaba en su imaginación diferentes maneras de interpretar  hechos, que luego plasmaba a su manera respetando el escenario histórico que los había traído hasta el papel, o mejor, a su pantalla.
Se levanto para ir al baño. Mientras enjuagaba sus manos, miraba en el espejo la delgada franja de sostén que asomaba por el escote abierto, siempre abierto, cómo le gustaba usar con las camisas. Pensó que debería renovar su lencería. A pesar que sus historias literarias estaban cargadas de voluptuosidad, su vida intima adolecía de pasión y no por falta de ideas precisamente. Al menos en la teoría,  podía ingeniárselas perfectamente para provocar a Julián encendiendo sus inclinaciones lujuriosas, rasantes con la morbosidad.
Sin darse cuenta, entre la redacción y publicación de la última novela, había pasado casi un año complicada con investigaciones históricas, editores, contratos; cosas afines al trabajo pero que habían quitado bastante ilusión al juego amoroso con su marido. Cómo si hubiese robado la lujuria provocada por Julián para volcarlas en sus historias. Creyó que había llegado el momento de emprender el proceso inverso, de restituirlas en su existencia al margen de la ficción. Después de todo, estando ambos cerca de la mediana edad y siendo su esposo un médico, circunspecto en el hospital y  salvaje en la habitación de la planta alta, bien podían ambos retomar las fantasías eróticas que los complementaba.
Regreso al estudio, esta vez con una idea fija, pero no de carácter literario. Se dirigió a la cómoda situada al costado del escritorio. Abrió el segundo cajón donde guardaba las cosas que no empleaba a diario. Descubrió el conjunto de ropa interior negro que Julián le regaló para el anterior aniversario y que solo usó  ─o usaron una sola vez. Esta noche lo sorprendería con las bragas negras y portaligas. Solo restaba pensar en el disfraz de enfermera que encendería los sentidos de Julián. “Chance”, de Chanel, con su frescura de limón y cedro, haría el resto.
Cerrado el pequeño paréntesis, se encontró nuevamente frente a la computadora. Solo que ahora, ilusionarse con la pasión cercana había disparado la inspiración. Se le ocurrió la joven reina de Francia del siglo XVIII:
…16 de octubre de 1793. Desde el café La Régence, vestida en forma grotesca, se la ve desfilar por las calles parisinas, abucheada por la plebe enardecida. Sus labios crispados, denotan la majestad y entereza de la que hasta hace poco, fue la “joya de Francia”…