domingo, 19 de agosto de 2018

EL VALOR DE UN PUEBLO

Decía Perón en un relato autobiográfico, grabado durante su exilio en Madrid y publicado después de su muerte, que nuestro pueblo, que había recibido enormes ventajas y reivindicaciones contra la explotación de la que había sido víctima durante más de un siglo, debía haber tenido un mayor entusiasmo por defender lo que se le había dado. Pero no lo defendió porque todos eran “pancistas”, como decimos nosotros. ¡Pensaban con la panza y no con la cabeza y el corazón! Al referirse a la Revolución Libertadora, decía, ¿Iba yo a hacer matar a miles de hombres para defender una cosa que ni esos miles de hombres estaban decididos a defender? Y más adelante agregaba: Entonces llegué a la conclusión de que el pueblo argentino merecía un castigo terrible por lo que había hecho. Ahí lo tiene. Ahí está ahora hambriento, desesperado. Es la suerte que merece.
Cabe ahora preguntarse cincuenta años después de aquel relato de Juan D. Perón, y sin entrar en disquisiciones ideológicas, cuanto de verdad y de mentira tenían las apreciaciones del General cuando se refería a los argentinos como “pancistas”, en el contexto de que lo único que preocupa al argentino medio es tener los apetitos inmediatos satisfechos, más allá de quién se los satisfaga y a que costo. Y todo en la más estricta individualidad, sin la mínima vocación al bien común.
Quizá este pensamiento pueda parecer un tanto desconsiderado con la sociedad en la que vivo, expresando desdén hacia nuestra gente. Pero nada más que observar los “día a día”, pequeñas actitudes de la gente común, para comprender el significado de la carencia de solidaridad y apetencias hacia objetivos comunes; un lánguido sentido de solidaridad y  vocación al esfuerzo para el logro de destinos superiores. 
El sentimiento y centro de la atención públicas, se dirigen  a lo superficial, rastrero, vulgar, y por supuesto, material.En la ciudad de Río Gallegos, desde las compulsas de los dirigentes gremiales con el gobierno para ver quién saca dos mangos más o menos todo para sus respectivos trabajadores hasta los mismos trabajadores, divididos sectorialmente, cada uno luchando por su lado, apelando a medidas que dejan afuera con total indiferencia a los demás sectores de la sociedad, vulnerando de una manera mafiosa los derechos de otros ciudadanos. Cómo si los derechos que dicen defender unos, tuviesen prevalencia sobre los de los demás compatriotas. 
El saneamiento urbano deteriorado, debido a la falta de mantenimiento de la red cloacal y las reiteradas medidas de fuerza de los agentes municipales; hace que la ciudad se vaya convirtiendo sin prisa pero sin pausa en un hervidero de residuos flotando a la deriva sobre las aguas servidas provenientes de las bocas de tormenta colapsadas y que inundan diferentes esquinas de la ciudad. Los baches instalados en casi todas las arterias, hacen de Río Gallegos otrora ejemplo patagónico de orden urbanístico un paisaje que pronto nada deberá envidiar al de la superficie lunar.
De más está decir respecto a los servicios educativos en enseñanza inicial y media, con menos de treinta días corridos de clase en el año; ni de la atención de salud, con un hospital desmantelado, colapsado y decapitado, más un sector privado ineficiente como siempre, con reticencias a la prestación de servicios debido a la deuda draconiana de la obra social provincial, el Pami y algunas pre pagas también.
Mientras tanto, la sociedad civil, las fuerzas vivas de la sociedad y el gobierno, silencio de radio. Jamás una actitud viril, enérgica, violenta si se quiere, para restablecer el orden republicano que no solo no debería haberse dejado robar; también tenemos la obligación ciudadana, patriótica y moral de recuperar, cueste lo que cueste. Así es un pueblo merecedor. Aquel que no espera cómodamente la llegada de salvadores mesiánicos que por otro lado en la Argentina son una especie extinguida, sino que se dispone a asumir el compromiso de su propia grandeza haciéndose cargo de sus necesidades y actitudes. Que no se pasa la historia revolviendo mierda, buscando culpables ni entregando la soberanía al mejor postor.
Si, pienso que Perón tenía razón cuando decía del pueblo, que… eran una partida de cobardes que no quisieron pelear ni de un lado ni del otro, salvo algunos ingenuos que perdieron la vida. ¡Los pueblos tienen la suerte que se merece [1].
[1] Torcuato Luca de Tena, Luis Calvo y Estaban Peicovich [Perón, 1976]



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